Cocodrilia

Marchantes (1)


9/09/2006

Archivado en: ¿Democracia? - Rodrigo Coll @ 3:44 pm

Leo en la prensa de hoy que el comando electoral del chavismo, capitaneado precisamente por el capitán Ameliach, el de los pies de plomo, espera juramentar esta tarde a un total 31.349 pelotones y 9.525 batallones electorales al servicio táctico del heróico teniente coronel presidente, ruiseñor de la patria.

Una de las personas con las que contarán esos batallones (sea lo que sea lo que ese término signifique) es mi prima Anita. Mi prima Anita y su novio.

Anita vive en una ciudad del interior y, supongo yo, a estas alturas ya la deben haber traido hasta Caracas desde la puerta cerrada (es sábado) del edificio donde trabaja. Se trata de un episodio que no deja de ser, de  hecho, un episodio laboral: Anita trabaja en una notaria pública. El único lugar en el que encontró trabajo como abogada, después de dos años desempleada en los que vendió prendas a crédito, colaboró en una tiendita de artesanías y acometió uno que otro trabajo esporádico menor de su profesión, en mitad de una cantidad casi escalofriante de dificultades y penurias dentro de su casa. Ahora es una empleada pública con muy poco interés en escuchar una alocución larga y adormilada de un presidente comandante con el que poco o nada simpatiza, pero que en el código libertario de la revolución Anita tiene el imperativo administrativo de escuchar, de ser posible con fruición.

La ecuación es sencilla y aterradora: su trabajo como abogada incluye asistir a las marchas. Tácitamente Anita debería suponer que el poco o mucho dinero que pueda ganar por hacer aquello para lo cual se preparó es, después de todo, el efecto indirecto de la bondad de un teniente coronel obeso y distante que, desde la distancia imperial de la salvación de la república, la alimenta, cuida de ella y, en lógica consecuencia, espera la justicia de su más rigurosa adoración.

Su novio no tendría por qué venir, vive de otra cosa. Pero igual, viene a acompañarla. No parece haber tenido demasiada dificultad para subir al autobús.

Naturalmente, Anita bien podría ser de las pocas que asistirá a ese festín de la batallonidad sin ninguna otra convicción que el patético cuidado de su sueldo. De hecho, es hasta posible que sólo sean ella y su novio las dos únicas víctimas de un procedimiento abusivo y vagamente escalofriante.

El problema numérico es, en todo caso, desdeñable. Lo realmente importante es el tema inefable que se esconde, la casi dolorosa obviedad de preguntarse si es que acaso tiene alguien el derecho de disponer de Anita como bulto, como material de relleno. O aún peor, si es que acaso su única opción será dejar un trabajo que después de todo necesita, desterrarse a sí misma de un país en el que un papel la nombró ciudadana y un presidente decidió hacerla digna, como sólo puede hacerlo un Dios.

Grandes relatos


4/09/2006

Archivado en: Genealogías - Rodrigo Coll @ 10:17 am

Hoy aparece en El Nacional un artículo de Ibsen Martínez que no tiene desperdicios.

Como en otras entregas, Ibsen Martínez corta por lo sano y, en lugar de recontar el showcito de ese capítulo desolador que suele ser el inventario de una semana de gritos destemplados, bobaliconerías opináticas y desplantes en color rojo, prefiere dedicarse a comentar, con buen estilo, la lectura del último libro de John Lynch, titulado: Simón Bolívar: A Life, Yale University Press, New Haven & London, 2006.

Tengo motivos para estar atento a las fuentes de las que suele partir Ibsen Martínez. Hace unos años, mucho antes de ponerse de moda y ser un libro más o menos obvio en los estantes de las librerías, fue precisamente a él a quien le vi citar por primera vez el trabajo de Mark Lilla.

Esta vez, recorre algunas de las ideas de Lynch (a quien tampoco conocía) y propone, con un gesto que parece sobrio, una lectura plausible sobre el fantasma de la bolificción.

El texto me hace recordar (como tantas otras veces he recordado) esa idea sencilla y elegante de la historia como una ficción en base a un relato cierto o falso (poco importa) pero que para bien o para mal, lleva implícita una notación secreta sobre el modo de interpretar el mundo, sobre la manera de imaginarlo.

Aquí, una cita textual del libro de Lynch sobre el eterno culto bolivariano, traducida por el mismo Ibsen:

Los promotores del culto tenían una buena historia entre manos.

Un héroe de purísimo linaje criollo quien, luego de un fatídico matrimonio y de una dorada juventud en Europa, asume el liderazgo de la independencia nacional, provee la base intelectual de un revolución continental y gracias a su talento militar y político crea una unión de estados que gana respeto internacional.

Y todo el tiempo afirma su virilidad ejerciendo de amante glorioso.

Son muchos Bolívar; suficientes para que cualquiera se identificase con alguno de ellos: con el nacionalista venezolano, el héroe americano o el macho; Bolívar se aviene a todos esos roles. Pero el culto terminó siendo mucho más que mera veneración por el héroe. Bolívar se tornó el modelo de una nación.

Un pueblo poscolonial que, sin merecerlo, se ve reducido a la incapacidad absoluta de prosperar ni de disfrutar de las libertades que el héroe le legara, podía sin embargo, salvarse con su ejemplo y su guía

¿Habrá que hacer un esfuerzo demasiado grande para recordar qué relato recrea, con fantástica ilusión, una promesa análoga?