Marchantes (1)
9/09/2006
Leo en la prensa de hoy que el comando electoral del chavismo, capitaneado precisamente por el capitán Ameliach, el de los pies de plomo, espera juramentar esta tarde a un total 31.349 pelotones y 9.525 batallones electorales al servicio táctico del heróico teniente coronel presidente, ruiseñor de la patria.
Una de las personas con las que contarán esos batallones (sea lo que sea lo que ese término signifique) es mi prima Anita. Mi prima Anita y su novio.
Anita vive en una ciudad del interior y, supongo yo, a estas alturas ya la deben haber traido hasta Caracas desde la puerta cerrada (es sábado) del edificio donde trabaja. Se trata de un episodio que no deja de ser, de hecho, un episodio laboral: Anita trabaja en una notaria pública. El único lugar en el que encontró trabajo como abogada, después de dos años desempleada en los que vendió prendas a crédito, colaboró en una tiendita de artesanías y acometió uno que otro trabajo esporádico menor de su profesión, en mitad de una cantidad casi escalofriante de dificultades y penurias dentro de su casa. Ahora es una empleada pública con muy poco interés en escuchar una alocución larga y adormilada de un presidente comandante con el que poco o nada simpatiza, pero que en el código libertario de la revolución Anita tiene el imperativo administrativo de escuchar, de ser posible con fruición.
La ecuación es sencilla y aterradora: su trabajo como abogada incluye asistir a las marchas. Tácitamente Anita debería suponer que el poco o mucho dinero que pueda ganar por hacer aquello para lo cual se preparó es, después de todo, el efecto indirecto de la bondad de un teniente coronel obeso y distante que, desde la distancia imperial de la salvación de la república, la alimenta, cuida de ella y, en lógica consecuencia, espera la justicia de su más rigurosa adoración.
Su novio no tendría por qué venir, vive de otra cosa. Pero igual, viene a acompañarla. No parece haber tenido demasiada dificultad para subir al autobús.
Naturalmente, Anita bien podría ser de las pocas que asistirá a ese festín de la batallonidad sin ninguna otra convicción que el patético cuidado de su sueldo. De hecho, es hasta posible que sólo sean ella y su novio las dos únicas víctimas de un procedimiento abusivo y vagamente escalofriante.
El problema numérico es, en todo caso, desdeñable. Lo realmente importante es el tema inefable que se esconde, la casi dolorosa obviedad de preguntarse si es que acaso tiene alguien el derecho de disponer de Anita como bulto, como material de relleno. O aún peor, si es que acaso su única opción será dejar un trabajo que después de todo necesita, desterrarse a sí misma de un país en el que un papel la nombró ciudadana y un presidente decidió hacerla digna, como sólo puede hacerlo un Dios.
Mientras se comía un sanguche, Adolfo G. Fabregat se puso a jugar un rato con los datos del registro electoral y encontró un montón de cuentos divertidos que juntos harán el libro de chistes que publicará el gobierno en Diciembre.